Un deleite para los sentidos... comencemos con un poco de poesía

¿Qué mejor comienzo que un poema de Keats para resaltar el potencial de la literatura londinense? Aquí les dejo, para que disfruten tanto como lo hice yo...

TIEMPO…

A quien en la ciudad estuvo largo tiempo
confinado, le es dulce contemplar la serena
y abierta faz del cielo, exhalar su plegaria
hacia la gran sonrisa del azul.
¿Quién más feliz, entonces, si, con el alma alegre,
se hunde, fatigado, en la blanda yacija
de la hierba ondulante y lee una acabada,
una gentil historia de amor y languidez?
Si, atardecido, vuelve al hogar, ya en su oído
la voz de Filomela, y acechando sus ojos
la fúlgida carrera de una pequeña nube,
lamenta el deslizarse del presuroso día,
desvanecido como la lágrima de un ángel
que cae por el éter claro, calladamente.

Versión de Màrie Montand

John Keats, A quien en la ciudad (fragmento del poema original)

Un día en mi ciudad

UN DÍA EN “MI” CIUDAD

No voy a hablar de un día cualquiera en mi ciudad  natal, Madrid. Voy a hablar desde la perspectiva de un extranjero en tierra desconocida, en una ciudad desconocida en la que no se va de vacaciones ni de turismo sino con una necesidad de adaptación y de aprendizaje del idioma.

Así comenzó mi aventura en una masiva ciudad como Londres. Tras hacer los rutinarios papeleos del Ministerio con el fin de la obtención de una beca de verano que estaba segura que no me iba a ser concedida comencé mi verano sin la más mínima expectativa de viajar a ninguna parte. Fue a los pocos días cuando un amigo me ofreció de conocer Roma a gastos pagados. Yo nunca había viajado al extranjero, lo más cerca que había estado de eso fue en dos ocasiones donde atravesé las fronteras del norte de España para visitar un pueblecito francés y uno portugués, ¿Visitar una gran ciudad tan espectacular como Roma? No pude hacer otra cosa que aceptar la oferta y salir disparada hacia Barajas donde cogería el primer avión de mi vida. No hablaré de mi estancia en Roma porque solo estuve un día y, tristemente, apenas me impregné de la ciudad. Regresé a Madrid tal y como me había ido aunque con la extraña sensación de que había crecido algo en mí: Las ansias de viajar. Pero desafortunadamente mi familia jamás había podido costearme un viaje y sabía que las probabilidades de que me concedieran aquella beca era más que mínimas.

Me desperté una mañana de agosto y abrí mi email como de costumbre, y allí estaba, mi puerta, mi oportunidad. La beca a Londres me había sido concedida para mi grata sorpresa.

En menos de quince días estaba volando hacia el aeropuerto de Stanted, absolutamente sola y sentía como el miedo cada vez se iba quedando más en Barajas y se iba sustituyendo por una emoción que no me cabía en el cuerpo. Pero de nuevo al llegar a aquel pequeño aeropuerto me volvió a invadir, estaba sola en un país desconocido con un idioma que apenas manejaba. Compré como pude el billete a Tottenham Hale, que era el barrio donde se encontraba mi residencia y cuando quise darme cuenta ya estaba en el andén del tren de camino a mi aventura.

Llegué allí y distinguí desde la puerta de la estación la inconfundible residencia de colorines que la empresa encargada de mi estancia me había proporcionado a través del correo. Aquel era un barrio aparentemente desértico y solitario, lo único que pude observar fue una zona de cadenas de comercios y hostelería y muchas paradas de autobús además de un enorme carril bici que pasaba justo por delante de la puerta de mi residencia.

Antes de poner el pie dentro del recinto de la residencia ya conocía a otros españoles que, guiados como yo por el miedo, buscaban incesantemente alguna persona perdida de su misma nacionalidad que viniera a lo mismo que ellos.

Nada más entrar se dirijo uno de los conserjes para preguntarnos los datos rutinarios. Fui yo la que respondió, correctamente para mi gran sorpresa, a dicho interrogatorio y el hombre nos llevó correctamente a la sala de espera donde un chico español nos estaba esperando para alojarnos a cada uno en nuestras habitaciones.

En ese momento no sentí más miedo. ¡Había hablado en inglés y lo mejor de todo es que me había entendido! Pude ver los rostros de admiración de algunos de mis compañeros y fue en ese momento cuando supe que no estaba sola. Tenía a más gente en mi situación y lo más importante, me tenía a mí y a mis escasos conocimientos que con un poco de confianza en mí misma pude aplicar eficazmente.

Mi habitación era bastante grande para lo que me había esperado, además era individual y lo mejor era que tenía mi propio baño y todo parecía bastante nuevo. Tenía a tres vecinos que habían llegado el mismo día que yo con los que compartía la cocina, aunque más tarde mi cocina se convertiría en una especie de embajada española en la que no faltaría el caos, el ruido pero también la unión y la solidaridad.


Me levanté a la mañana siguiente sin tener conciencia de dónde estaba y sin saber muy bien qué hacía allí. Teníamos que ir a estudiar inglés a la otra punta de Londres asi que los madrugones eran inexcusables. Mi primer contacto con el metro fue una experiencia que jamás olvidaré. Todo lleno de gente pero sin el menor bullicio.

El andén era muy estrecho y la gente se amontonaba en el borde. El metro llegó puntual pero apenas cabía un alfiler cuando nos habíamos montado todos. Tras una hora de largos transbordos con escaleras que, por desgracia no eran mecánicas, llegué a la escuela donde me asignaron mi esperado nivel medio y me enviaron a otro edificio que había unas calles más abajo.

Espera encontrar una clase con gente de muchas nacionalidades donde no me quedara más remedio que hablar en inglés, pero no fue así, exceptuando a dos chicas de nacionalidad italiana que además nos entendían perfectamente, el resto éramos todos españoles. Allí la única persona que no hablaba español era mi estimada profesora.

La primera visita turística que hice fue al Museo Británico y con sinceridad he de decir que no me llamó demasiado la atención.

Lo que más me gustaba era observar las calles e ir a los mercadillos.
Fui a Candem Town después de comer en un McDonald’s que quedaba cerca de mi escuela. Candem Town es una zona donde ponen un mercadillo inmensamente grande en el que hay gente de todos los estilos (aunque e sorprendió la cantidad de tiendas góticas que había) y nadie se mete con nadie, ni mira a nadie. Me pareció que Londres sufría una curiosa enfermedad que sufren algunas ciudades, sobretodo las de grandes dimensiones, la “enfermedad” de la desatención civil.

¿Por qué hago esta afirmación? Porque cuando me transportaba en sus medios de transportes, me paseaba por sus calles o iba al supermercado a comprarme uno de esos famosos sándwiches breakfast que me han salvado la vida en más de una ocasión, me daba cuenta de que nadie cruzaba la mirada con nadie, no importaba realmente si el pasajero que se acaba de montar en el metro iba pintado de verde o estaba a punto de desmayarse. Simplemente eso daba absolutamente igual.

Después de salir de aquel mercadillo donde cabían siete rastros de Madrid me dirige hacia Picadilly Circus, el gran punto publicitario londinense. Nada más bajar del metro me sentí como si estuviera en la Gran Vía de Madrid en plena campaña de navidad.


Las luces eran el centro de mi atención, además de las tiendas espectaculares y de las anchas calles llenas de gente. Me encendí un cigarrillo en plena calle y una mujer que pasaba por mi lado me acusó con la mirada y tosió estrepitosamente haciéndome quedar como una asesina en serie, pero a mi me daba igual, estaba en Londres fumándome un paquete de Malboro que me había permitido el lujo de comprarme allí y observando como un niño que acaba de descubrir el mundo.

Llegué a Trafalgar Square y realmente no se si fue por la majestuosidad de aquellos leones de piedra, o por aquella botella vacía que sinceramente no sé muy bien lo que representa, pero me encandiló aquella plaza londinense. Me decidí a entrar un momento en el National Gallery para ver uno de mis cuadros favoritos de Renoir cuando contemplo en medio de la calle un acontecimiento que no esperaba encontrar justamente en Londres. Un hipnotizador o como quisiera hacerse llamar iba a conseguir que cuatro hombres inicialmente sentados en una silla quedasen sentados sin sillas, es decir, suspendidos en el aire. Aquello parecía algo novedoso para la gente que transcurría por la plaza los cuales formaron un corro alrededor del espectáculo pero con aires de recelo, actitud muy típica por otro lado de los ciudadanos londinenses.

Cuando decidí que era tarde me dispuse a coger el metro. Una hora de trayecto hasta mi parada (pues tenía que hacer dos transbordos) con un calor sofocante, y el agobio no hacía sino aumentar con el movimiento casi semejante al trote de un caballo. Pensé para mí ¿Cómo es posible que el país pionero en este medio de transporte tenga sus instalaciones así, y más con unos costes tan elevados? Pero fue una pregunta retórica ya que nunca obtuve la respuesta.





Por fin llegué a mi residencia donde suponía que me esperaba un pasillo silencioso y toda la tranquilidad del mundo para descansar después de aquel día tan intenso. Nada más lejos de la realidad. Cuando entré en mi pasillo supe que aquellas iban a ser unas semanas divertidas, pero muy duras.

 Había ya más de quince personas preparándose la cena en mi cocina, algunas de ellas ni siquiera pertenecían a la residencia, y la cena se alargó convirtiéndose en una velada estudiantil que no podía durar menos que hasta las seis o siete de la mañana, hora a la que yo debía despertarme para coger mi querido metro londinense y embarcarme de nuevo en otra aventura…

No lo dudé y al día siguiente corrí al supermercado a comprar bebidas energéticas con taurina… al menos era de los pocos productos que había allí baratos, eso y el chocolate… imagínense ustedes el resto…