La ciudad es por tanto un organismo vivo, siempre en construcción. A imagen y semejanza de la sociedad a la que da cabida, está en permanente crecimiento y transformación. Rescatar su memoria interesa en la medida que nos permita proyectar un presente más rico y diverso. Un presente que sabemos, desde ya, futura memoria de nuestra ciudad
Un concepto propio de arquitectura y urbanismo: La ciudad como objeto simbólico.
Una característica fundamental de las arquitecturas en tanto objetos materiales es su naturaleza "durable". Dólmenes, menhires y otras pirámides ya proclamaron, hace mucho tiempo y en los hechos, una clara aspiración a la trascendencia sobre los tiempos humanos inmediatos. Las ciudades se construyen con deseos infinitos, deseos de trascendencia, va más allá del material que se usa para su construcción, es un deseo de mostrar generación tras generación que todo muere menos ella. Ya con la llegada del movimiento artístico gótico se pretendía buscar la altura exagerada en los edificios con el claro fin de destacar y que su influencia y perdurabilidad fuese más notoria.
En función de esto podemos considerar la solidez, propuesta por Vitrubio como condición de la arquitectura, se manifiesta tanto en las calidades constructivas de un objeto como en la durabilidad que estas últimas le proporcionan.
Por oposición a la fragilidad, la solidez de una arquitectura podría definirse como su capacidad para perdurar a lo largo del tiempo en el marco de sus usos previstos o de otros nuevos que pueda asimilar.
La "larga" vida de edificios y ciudades nos hace considerarlos como piezas de un escenario que se mantiene "casi" inalterable y cuyos cambios parecen trascender los espacios temporales individuales. Detalle que nos hace darnos cuenta de nuestra mortalidad, de cómo fascinantemente un individuo que vivió decenas de siglos antes que nosotros pudo construir, palpar, ver y fascinarse con lo mismo que hoy en día nosotros podemos palpar y ver.
Porque la coyuntura cultural de una arquitectura se fundamenta en representaciones funcionales y significantes. Entonces, su capacidad representativa profundiza su naturaleza durable en la medida que logra trascender a su mera funcionalidad e identificarse con valores colectivos contundentes.
Como decíamos, la construcción de las ciudades no es más en el fondo que una representación de poder. Poder económico, poder técnico y poder político.
Arquitectura y ciudad necesitan del poder, al igual que este último necesita de ambas para autor representarse. Porque los edificios y calles son materiales y por tanto, perecederos, pero no pasa lo mismo con el poder. Es un valor infundado que una vez adquirido de forma simbólica es muy difícil que muera.
En esta condición también se fundamenta su naturaleza durable: los poderes siempre se proyectan como únicos y, por lo tanto, eternos; sus manifestaciones materiales, entonces, aspirarán a durar y, yendo mas allá del presente, a dejar testimonio de este para los tiempos futuros y "ajenos".
Arquitecturas rurales, pre-industriales e industriales, manufacturas y objetos de producción industrial, lugares y contextos mas o menos naturales, mas o menos humanizados, pero fundamentalmente valorados por que representan materializaciones relevantes de nuestra memoria, de nuestra identidad, de nuestro sentir.
El valor de mercado (valor de cambio) del patrimonio es indefinible en un sentido estricto: las pirámides, el partenón o el muro de los lamentos no valen por la cantidad de piedras necesarias para su construcción, sino por representar conformaciones culturales y sensibilidades colectivas referenciales.
Si el patrimonio urbano-arquitectónico es producto de la cultura colectiva, será esa misma cultura la que deba interesarnos centralmente. Entonces haremos hincapié en las lógicas de acumulación; los objetos nos interesarán por y en sus relaciones con otros objetos. Ya no serán trascendentes los objetos aislados y las singularidades relevantes.
La ciudad y sus arquitecturas no serán miradas exclusivamente a través de sus monumentos oficiales, al igual que la historia de los hombres no se mira a través de sus gobernantes de turno.
Es necesario re-descubrir la arquitectura y la ciudad. No la arquitectura oficial, no la del príncipe sino la otra, la anónima, la repetitiva, la que sin ningún capítulo especial en los manuales poco a poco va conformando la ciudad. Evidenciando su espesor histórico y su carácter acumulativo. En su campo de acción privilegiado, es decir la ciudad.
Por supuesto, no la ciudad radiante que hace olvidar a los obreros la necesidad de revolución. Tampoco la ciudad perfecta que, a imagen y semejanza de la máquina, tiene las piezas necesarias para las funciones precisas que todo hombre "ideal" debe respetar.
No es esa la ciudad que referimos. Es otra. Tal vez "la" otra.
Hablamos de esa estructura físico-espacial que nos rodea, aquí mismo, que nosotros habitamos y que, a su manera, también nos habita. La ciudad que necesita y resulta de tantos años de trabajo y especulación. Esa ciudad infinita e invisible que nunca se acaba porque siempre está en construcción. Que no tiene uno sino incontables planes y planos inconclusos, resultados de múltiples y contradictorias voluntades, ordenanzas, reglamentos, políticas técnicas y políticas politiqueras, proyectos hermosos casi siempre frustrados y construcciones abusivas siempre jugosas.
Contaminada, destruída, reconstruída, conservada, transformada, renovada, necesaria, superflua, enemiga, protectora… Apuntando directamente a su dimensión cultural. Rastreando su memoria para poder conocerla y, a través de su conocimiento, intentar comprenderla. Tipos de edificio y tipos de tejido, trazas y fragmentos, permanencias y discontinuidades, barreras y monumentos, lenguajes, técnicas, significados y formas. La ciudad es un artefacto espacial que tiene sus lógicas y tiene sus reglas. Comprenderlas nos arma para poder modificarla positivamente. Sin ello nuestras arquitecturas serán arbitrarias y la cultura, desde siempre, está reñida con la arbitrariedad.
La construcción de la ciudad y sus arquitecturas, la producción de objetos de uso o representación, nuestros propios comportamientos, en fin, la vida contemporánea en general se desenvuelve en un marco de relacionamiento social donde el consumo es un parámetro básico. Todo es potencialmente consumible, o mejor dicho, todo puede ser "transformado" en objeto de consumo.
Los medios de comunicación masiva aportan uno de los instrumentos privilegiados en este proceso de frivolización social. La novedad adquiere un valor trascendente y protagónico.
Las lógicas del consumo se imponen al "sentido común" .
La durabilidad de las cosas no es resultado de su estructura o calidad material, o del trabajo que necesita su producción. Los tiempos del consumo están pautados por lógicas externas a las características de los propios objetos de consumo. Serán los tiempos necesarios al capital para lograr su crecimiento según tasas que el mercado fija, o los ingeniosos alaridos publicitarios a los que nos tienen acostumbrados los medios de comunicación masiva; tal vez la brillantez de un nuevo diseñador de moda o los caprichos indecentes de adinerados personajes producidos por las propias lógicas del consumo.
En este sentido, las lógicas del capital ( esas que hacen privilegiar el interés privado sobre el colectivo o las exigencias del mercado sobre las del plan) son generadoras de un sistema que necesita auto consumirse constantemente.
En esta carrera hacia el consumo desenfrenado, se destruyen recursos y se destruye el medio ambiente, se destruye la ciudad, sus edificios y sus espacios públicos. La lógica del sistema no se detiene en detalles.
La cultura colectiva, sus referencias materiales, la memoria e identidad de un grupo humano: todo es mediatizado por el mercado, todo tiene precio y todo debe generar beneficio. Si la cultura no es rentable, simplemente no será.
El territorio, lógicamente, no es ajeno a todo esto. Es una mercancía más dentro de una larga lista de mercancías. La renta inmobiliaria, entre otras, define su suerte. Al igual que la del patrimonio, que poco a poco se transforma en negocio redituable o es condenado a desaparecer por "falta de rubros".
La ciudad en tanto organismo vivo, crece y se transforma permanentemente (como la sociedad y los hombres que la hacen), cabe preguntarse que relación debe establecer con las pre-existencias.
En efecto, las lógicas patrimoniales y urbanas parecen contradecirse. Así como nuevas necesidades sociales, culturales y técnicas determinan profundos cambios y transformaciones urbanas, las necesidades de conservación y protección del patrimonio urbano y arquitectónico deben conjugar el verbo "mantener". Todo busca ese deseo del que hablábamos de perdurabilidad para conseguir una imagen de ciudad, que no tiene otro fin que el de una rentabilidad a largo plazo.
El patrimonio, por lo tanto, es una herencia que debe conjugarse en la construcción concreta de la ciudad. Su preservación, entre permanencia y cambio, solo será posible en una ciudad que reconozca en su devenir su razón de ser. Porque la ciudad no es ni un museo ni un campo de batalla… La ciudad es un símbolo, un conjunto de objetos simbólicos con ansias de inmortalidad, una imagen de marca publicitaria para obtener beneficio.
El concepto de Ciudad: La ciudad como artificio.
La forma de la Ciudad: la dicotomía centro/ periferia.
Si intentamos definir una idea de ciudad nos viene a la mente, en primer lugar, su oposición al campo. El espacio urbano, a diferencia del rural, es un espacio lleno. De gente y de casas, de servicios y ofertas. La ciudad, además, es un artefacto material de naturaleza artificial.
El campo, por el contrario, es un territorio "natural" que está "vacío" . Por lo tanto, la ciudad plantea dos diferencias básicas con el campo: es una conformación enteramente artificial e implica la presencia de un número importante de gente.
Sabemos que la ciudad debe tener una serie de servicios. Incluso suponemos que cuanto mas grande sea más servicios tendrá.
Tal vez pensemos que el único fundamento de la ciudad (su valor diferencial en relación al campo) sea justamente ese: proveernos de los servicios necesarios para el desempeño de nuestra vida urbana.
Pero también sabemos que la ciudad tiene un centro y una periferia. Y que los servicios, las calles, las veredas, la historia, las ofertas, abundan en el centro y escasean en la periferia.
Por lo tanto, si queremos aprovechar los beneficios del hecho urbano, será mejor estar en el centro que en la periferia. Porque en el centro de la ciudad es en realidad el centro del poder. Cuando alguien nos dice, por ejemplo aquí en mi ciudad natal que es Madrid, que vive en el centro, automáticamente algo se enciende en nosotros. Un sentimiento de envidia, calificamos a esa persona como superior, como afortunada e incluso podemos considerarla más poderosa y superior a la persona que vive a las afueras de Madrid.
Esta mimetización profundiza la dicotomía centro / periferia. La periferia urbana se convierte en un valor francamente negativo: en los márgenes de la ciudad encontramos los márgenes de la sociedad.
Asociamos así de manera inconsciente las afueras de la ciudad con la gente marginal. Si estás marginado del centro eres un individuo marginal y por tanto inferior.
No es casualidad que las grandes personalidades de un Estado residan en el centro de la ciudad.
Tampoco es casualidad que cuando hay una sublevación se tome la ciudad como rehén y no un pueblo de la periferia. Porque tomar la ciudad es un símbolo evidente de la toma de poder.
Desarrollo de las ciudades
La ciudad, además de crecer, se transforma. No permanece siempre inalterada, se adecúa a sus habitantes, se moderniza para ser mas funcional.
Desde el punto de vista comercial y también demográfico se ha ido intentando trasladar a la población que siempre anhela una vivienda en el centro, es decir, en el poder hacia la periferia de las ciudades en las llamadas “zonas residenciales” ofreciendo unas ventajas que no ofrece el centro. Más amplitud en los hogares, zonas tranquilas y amplias con parques , zonas comerciales de dimensiones mucho mayores que en el centro como estrategia comercial, cambiando así la mentalidad del individuo y anulando las acepciones y connotaciones negativas hasta ahora obtenidas de la periferia.
Nos enfrentamos a nuevas lógicas territoriales. Estas hablan de territorios discontinuos, con conformaciones heterogéneas y fragmentarias. De periferias que se expanden y cuya primacía cuantitativa es evidente. Hablan de un territorio sin imagen unitaria, con múltiples centros de atracción y protagonismos diversos.
Se hace imprescindible construir una nueva idea de ciudad. Una idea que sepa tratarla y potenciarla en su propia fragmentación. Que sepa construirla según su rica diversidad. Que integre las periferias y las califique espacialmente. Una nueva idea de ciudad que sepa sacar partido del "desorden", ordenando y calificando su propia fragmentación. Una idea que entienda la diversidad y la diferencia como enriquecimiento, como ampliación, como multiplicación. Que le dé sentido y espesor cultural a cada fragmento y a cada rincón del territorio. Que haga de este, definitivamente, el mejor escenario posible para un ejercicio pleno y calificado de la vida democrática.
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